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Los salvadores invisibles de animales

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Pocos saben que existe un equipo de personas que recorre Bogotá, en busca de animales en cautiverio.

A un lado del teléfono un hombre avisa que uno de sus vecinos tiene un mico en su casa. Uno chiquito. Pregunta, afanado, si eso es legal. Al otro lado con una voz seca alguien dice que no, no es legal. Dirección. Nombre. Cuelgan.

El equipo de la Unidad móvil de rescate de fauna y flora silvestre de la Secretaria Distrital de Ambiente, en Bogotá, sale desde la mañana a recorrer la ciudad. Van a donde los llamaron, en plan de detectives privados, y rescatan iguanas, zarigüeyas, colibríes, serpientes y búhos que algunos tienen como mascotas. Uno de los mayores problemas cuando se domestica a un animal silvestre es el riesgo de contraer enfermedades zoonóticas. Por eso la Unidad móvil intenta recuperar la mayor cantidad de especies posible.

La gente casi siempre los entrega. ¿Qué podrían decir? La mayoría de personas que tienen en cautiverio a un animal no reciben castigos ni judiciales ni económicos. Otro es el caso de los traficantes: el comercio ilegal de especies silvestres está catalogado como uno de los negocios ilegales más lucrativos del mundo, realiza transacciones anuales por más de 10.000 millones de dólares.

El vehículo de la unidad móvil es una van blanca: nada de arandelas ni adornos. Espacio para cuatro pasajeros, cuatro guacales pequeños y seis medianos. Todo tipo de ganchos, pinzas, guantes, pértigas y bolsas de tela.

Un día de rescate:

El día comenzó en el Fuerte Ecológico de la Policía, en el barrio El Salitre. En una de las mesas, con los ojos crispados y las plumas brillantes hay una tingua, un pájaro azul que fue llevado al fuerte por una persona que la encontró en el patio de su casa. Empacamos todo y vamos a una cafetería en la Calle Sexta. Alguien llamó y dijo que los peces que tenían en dos acuarios parecían exóticos; sin embargo, cuando llegamos, los biólogos se fijan en una tortuga pequeña.

Según Rodny García, uno de los biólogos que trabaja en la Unidad móvil, la tortuga es la única especie del acuario prohibida para domesticación. García mete a la tortuga en una caja azul.

Seguimos con nuestro viaje hasta llegar a la Calle 187. Hace poco llamaron para reportar una guacamaya en cautiverio, pero la dirección que dieron no existe. Los miembros de la Unidad se bajan del carro y caminan por el barrio, le preguntan a una mujer que cruza la calle si sabe algo, y ella, como si guardara un secreto, como si en el aire hubiera una amenaza, señala la puerta enorme de una bodega. Al interior: varias jaulas. En una de ellas hay un loro cheja azul con signos de maltrato; en las otras, pericos. Luisa Fernanda Pérez, líder de operativos, traslada las aves a las cajas y el patrullero Heyder Salazar adelanta el papeleo correspondiente.

Vamos a un par de lugares más sin mucho éxito. La labor de estas personas es de paciencia y persistencia. Cada visita conlleva una sorpresa y, muchas otras veces, frustración. Después de un día de trabajo, que en nuestro caso arrancó a las 8:00 y terminó a las 6:30, pueden llegar con las manos vacías.

Al final del día vamos al Centro de Recepción y Rehabilitación de Flora y Fauna Silvestre, en donde habitan, aproximadamente, 700 animales: primates, tortugas, loros, búhos, torcazas, zarigüeyas y colibríes. Y en ocasiones reptiles, como serpientes e iguanas. Allí son medidos, pesados, atendidos y rehabilitados para luego ser reintegrados a su hábitat natural. Cuando las especies no pertenecen al territorio nacional, deben ser donadas a entidades privadas, como zoológicos o universidades, que cumplan con los requisitos para cuidarlas. Estos animales extranjeros no se pueden liberar arbitrariamente, ya que podrían poner en riesgo a otras especies.

En libertad:

Después de la pesada y larga persecución que exige el rescate, la mejor parte del proceso llega unos días después: la liberación. Se llevó a cabo en el Aula Ambiental Soratama, en el nororiente de la ciudad, en un espacio verde, muy cerca de los cerros, donde se encuentran diferentes ecosistemas ideales para que las diversas especies puedan ir en busca de su hogar.

Fueron puestas en libertad trece aves, entre degollados, chamones, currucutu, torcazas, búhos y tyto alba. Todas iban guardadas en cajas. Al abrirlas, las torcazas salieron a mil, con ganas de hacer piruetas en el aire. Los Búhos, más tímidos, se asomaban, le daban una mirada a lo que los esperaba afuera y, luego de detectar un árbol, planeaban hasta una de sus ramas. Los degollados, temerosos del mundo exterior, necesitaron un impulso: los biólogos los tomaron entre sus manos, les dieron seguridad y luego los animaron a volar. Así, uno a uno, se fueron. Despegaron para no volver.